martes, 29 de agosto de 2017

EL GUAIMI-MGÜE LEYENDA GUARANÍ


El gran Cacique Pearé (Noche) era célebre en todas las comarcas de habla guaraní. Su hija Koembiyú (Estrella), que debió este nombre a su gran belleza, causaba admiración a quienes la veían, y su hermosura se hizo tan famosa, que desde tierras lejanas llegaban poderosos caciques dispuestos a conocerla y ofrecerle los mejores presentes. Costosas plumas de garza blanca, pieles de los animales más raros, tejidos de plata, brazaletes de oro, piedras preciosas y mil regalos dignos de una reina depositaban a sus pies los más encumbrados jefes que deseaban hacerla su esposa. Nada de esto logró despertar el amor de la bella Koembiyú. Ninguno de sus pretendientes consiguió ser aceptado por esposo. Pero Pearé, en el deseo de casar a su hija y tener así quien le sucediera en el poder, decidió celebrar una gran reunión en la que Koembiyú debía elegir esposo entre sus admiradores. Todos los pretendientes se prepararon para participar en el gran torneo que se llevaría a cabo dentro de tres lunas. El que resultara vencedor tendría el derecho de tomar como esposa a la hija del Cacique. Difíciles pruebas se cumplirían en el torneo. Deberían presentar a la bella: el jaguar más hermoso de la selva, el pájaro de canto más armonioso y el pez de colores más brillantes, que cuidaban con gran esmero las Cuña-Payés (hechiceras). Los peligros son enormes, pero los jóvenes guerreros los aceptan con gusto, dispuestos a conseguir la preferencia de la hermosa india. A medida que la fecha de la fiesta se acerca, van llegando a la tribu los pretendientes, escoltados por numeroso séquito que canta las hazañas de sus jefes y transporta los más ricos regalos para la prometida. Llega el ansiado momento de la fiesta. Es un día de primavera. En un claro del bosque está la tribu reunida. El cacique Pearé, con sus mejores galas, preside la fiesta. Un poco alejada está Koembiyú que, más hermosa que nunca, ha adornado su cabeza con una guirnalda de blancas flores silvestres; en su cuello brillan collares de piedras de colores; sus brazos ostentan ricos brazaletes de oro y esmeraldas, y cubre su cuerpo bronceado un fino tejido de plata. Se sirve a los concurrentes miel y chicha. El entusiasmo aumenta. La fiesta va a comenzar. Koembiyú, recostada contra un corpulento árbol, mira a lo lejos, sin prestar atención a la fiesta que se celebra en su honor. De pronto toma una expresión diferente. Una luz ilumina su rostro. Parece escuchar con agrado a un desconocido que le ofrece su amor y protección. Al verlo, sonríe con dulzura y se da cuenta de que ahí está el que ha despertado su corazón. Ese joven ha de ser su esposo. Inmediatamente comunica a su padre: -¡Padre! ¡Padre! Que el torneo no comience. Ya ha llegado aquel que esperaba. ¡El elegido para esposo está aquí! -¿Quién es el desconocido que pretende así robar mi más preciado tesoro? -grita airado el Cacique. -¡Padre!, escuchad: No es un guerrero ni un rico jefe, pero ha venido de muy lejanas tierras, ha cruzado bosques y ríos y ha despertado mi cariño y conquistado mi corazón. -¡Mostradme a ese joven! -ordena el jefe. Y Koembiyú presenta a su padre, a un joven pobremente vestido, cubierto su cuerpo con un manto descolorido y sucio con el polvo del camino. Su pobre figura resulta empequeñecida al lado de los otros pretendientes lujosamente ataviados y con plumas de colores brillantes en sus orgullosas cabezas. Pearé desaprueba la elección de su hija. Echa al desconocido de su presencia y se opone a que Koembiyú lo acepte como esposo. La pobre niña, muy triste, baja la cabeza. Por sus mejillas resbalan lágrimas de pena; pero debe obedecer a su padre... Se da vuelta para decir adiós a su elegido, y se asombra al verlo transformado. El desconocido se ha quitado el raído manto que lo cubría, quedando convertido en un gallardo joven de rubios cabellos y de ojos azules que le dice: -Soy el Hijo del Sol, que enamorado de tu gracia y tu bondad, hermosa Koembiyú, vine a pedirte por esposa; pero el orgullo y la vanidad de tu padre han producido mi enojo y, en castigo, te convertirás en pájaro que al adorarme, llorará tus penas. En ese mismo instante, la hermosa india se transformó en un pájaro. Desde entonces, al atardecer, cuando el disco rojo del Sol se esconde en el horizonte, se oyen en la selva los lamentos quejumbrosos de una ave. Es el "guaimi-mgüe" (Hija del Sol) que en el canto traduce la pena y el dolor que causara a la bella Koembiyú la decisión de su padre guiado por la codicia y la soberbia.

domingo, 27 de agosto de 2017

Leyenda del Irupé


A orillas del Paraná vivía el cacique Rubichá Tacú (Jefe Algarrobo), que gobernaba una tribu de hombres aguerridos y hermosas mujeres. Rubichá Tacú tenía una hija, Morotí (Blanca), joven y bella pero orgullosa y coqueta, novia de Pitá (Rojo), el guerrero más valiente de la tribu. Morotí y Pitá se querían mucho; pero el genio del mal, envidioso de la felicidad de los jóvenes, inspiró una mala idea a la india. Un día, al caer la tarde, paseando por la orilla del río con otras doncellas, Morotí vio a Pitá que, en compañía de varios guerreros, se ejercitaba con el arco y las flechas. Para demostrar a sus amigas cuánto la amaba Pitá y cómo satisfacía todos sus caprichos, les dijo con orgullo: — Ahora verán cómo Pitá cumple cualquier deseo mío. ¿Ven este brazalete? Lo arrojaré al río y mi novio irá a buscarlo. Una de sus amigas la interrumpió: — No hagas eso, Morotí. Es muy peligroso y Pitá podría ahogarse. A lo qué respondió Morotí: — ¡No seas tonta! Pitá es el mejor nadador y el más valiente de la tribu. ¡Irá a buscar mi brazalete al fondo del río! Inmediatamente sacó la alhaja de su brazo y, llamando a Pitá, ordenó: — ¡Pitá! ¡He arrojado mi brazalete al Paraná, y lo quiero! ¡Ve a buscarlo! Pitá, que quería mucho a su novia y la complacía siempre, se arrojó al agua seguro de volver, satisfaciendo así una vez más a su hermosa Morotí... Pero sucedió que los que quedaron en la orilla esperando ansiosos la vuelta de Pitá, empezaron a impacientarse, pues éste no volvía... ¿Qué podría haberle sucedido? ¿Habría quedado enredado entre las raíces de alguna planta? ¿Estaría herido?... Así pensaban, cuando Morotí, desesperada y llorosa, dijo: — iYo soy la culpable de lo que sucede! ¡Pitá debía haber salido ya! ¡Algo le ha pasado! ¡Yo no quiero que muera! ¡Que llamen al Adivino de nuestra tribu y diga qué debemos hacer para salvarlo! Varios guerreros salieron inmediatamente a buscar Pegcoé (Profundo), el Hechicero, y al rato volvieron con él. Todos hicieron silencio, mientras Pegcoé, mirando las profundas aguas del río, dijo con voz misteriosa: — ¡Ya lo veo...! ¡Es él..., Pitá! Está con I-Cuñá-Payé (hechicera de las aguas) en su hermoso palacio de oro y piedras preciosas!... ¡La Dueña de las Aguas quiere que se quede, y para ello le ofrece todas sus riquezas...! Pitá parece aceptar... . ¡Y tú, Morotí, por tu orgullo y tu coquetería eres la única culpable de la pérdida de nuestro mejor guerrero! — ¡No! ¡No! ¡Yo quiero salvarlo! — gritó Morotí, desesperada —. Dime qué debo hacer y te obedeceré ciegamente. Y habló Pegcoé: — ¡Tú eres quien puede salvarlo, tú y sólo tú! — Espero tu mandato. ¡Habla, Pegcoé! — Debes arrojarte al Paraná y traerlo tú misma a la superficie. ¡Tú debes arrancarlo del poder de la Dueña de las Aguas! — ¡Te obedezco, Pegcoé, y me arrojo al río! ¡Yo volveré con Pitá! ¡Mi amor vale más que todas las riquezas de I-Cuñá-Payé! Diciendo así, se arrojó a las aguas, que se abrieron para dejar pasar a la coqueta y orgullosa joven que, arrepentida, iba a salvar a su novio del poder de la Hechicera de las Aguas. Toda la noche debieron esperar el regreso de los jóvenes. Se encendieron fuegos y se danzó a su alrededor para invocar a Tupá (Dios) y ahuyentar los malos espíritus. Los ancianos hacían conjuros vencedores del mal. Los guerreros y las doncellas bailaban danzas sagradas... Ya amanecía cuando fue nuevamente consultado el Hechicero, que seguía Mirando las aguas, y Pegcoé dijo: — ¡Ya se han encontrado! ¡Morotí ha salvado a Pitá! ¡Ya vuelven abrazados a la superficie! ¡Ya vuelven! En ese mismo instante, atónitos y maravillados, vieron aparecer en la superficie Del agua una hermosa flor de pétalos rojos y blancos. ¡Eran Morotí y Pitá que, así transformados, ofrecían al mundo su belleza y su perfume como símbolos de amor y arrepentimiento..

jueves, 24 de agosto de 2017

En búsqueda de la Tierra Sin Mal


Los guaraníes, muchas veces hacían la guerra, pero también hacían poesías. A la luz de los fogones en la noche, siempre les gustó contar historias y, además, cantarlas. Los siguientes relatos recogen algunas de esas historias, que tienen héroes de cuerpo resplandeciente como el Sol y seres malvados que se apropian del fuego, aventuras de dioses y hazañas de gente común. Historias que nos hablan de un mundo que se fue haciendo poco a poco, con el puro poder de las palabras. La búsqueda de un paraíso terrenal provocó largos viajes. Los guaraníes creían en una Tierra Sin Mal, especie de un paraíso terrenal adonde se podía entrar sin morir. "Allí los cultivos crecen solos -decían-, la miel y la carne son abundantes, no hay enfermedades ni muerte, y todos viven con felicidad." Cada tanto, algún karaí afirmaba haber recibido en sueños revelación de donde se ubicaba ese anciano lugar y como llegar hasta él. Con sus discursos elocuentes, arengaba a todos para que abandonaran aldeas y cultivos, y siguieron el camino que le había sido indicado. Muchos de estos éxodos eran penosos y trágicos. Los peregrinos debían avanzar por zonas boscosas y ríos desconocidos, rodear saltos de agua, improvisar puentes con troncos y lianas, enfrentar a grupos enemigos y padecer enfermedades. Para llegar a La Tierra Sin Mal era necesario tener perseverancia, coraje y fuerza espiritual. Esta última se renovaba cada noche, cuando el karakí precedía danzas especiales vinculadas con los mitos y con la esperanza de una nueva tierra. La música, los cantos religiosos, las oraciones y los bailes buscaban aligerar los cuerpos y liberar a los hombres de sus imperfecciones, elevándolos y facilitándoles el camino. Ante un fracaso, volvían a partir con nuevo rumbo, siempre dirigido por su profeta. Españoles y portugueses trajeron nuevos males a la tierra guaraní, y dieron mayor impulso a la búsqueda de La Tierra Sin Mal, fuera del alcance de los conquistadores. La historia mas dramática fue la de un grupo de 12.000 Tupi-guraní, quienes en 1.539 partieron desde la costa de Pernambuco, en Brasil; 10 años más tarde, 300 sobrevivientes llegaron a los Andes peruanos, después de atravesar toda el amazona

jueves, 10 de agosto de 2017

Leyenda origen de los eclipses


o
rigen de los eclipses Varios pueblos tienen mitos y leyendas relacionados con los eclipses y los indios brasileños no son diferentes. Recogemos algunos mitos sobre los eclipses lunar y solar contados por los indios de la familia Tupí-guarani, de las regiones norte y sur de Brasil. Eclipse Lunar En el inicio del tiempo y del espacio, antes de que se fijaran en el cielo, el Sol y su hermano menor, la Luna, habitaban la Tierra, viviendo juntos diversas aventuras. Para los Guaraní, tanto el Sol como la Luna son considerados del sexo masculino. Un día, encontraron a Charia, un espíritu maléfico, pescando en un río. Con el objetivo de importunar a Charia, que no había percibido a los dos hermanos; el Sol buceó y meneó el anzuelo, imitando un pez grande. Charia estiró el anzuelo vacío, cayendo para atrás. El Sol repitió su gesto por tres veces y en todas ellas Charia cayó de cola. "Ahora es mi turno", dijo la Luna sonriendo. Entonces, ella buceó y fue deslizando en la dirección del anzuelo. Sin embargo, Charia fue más rápido: pescó la Luna y a mató con un bastón de madera. Después, la llevó para casa, como si fuera uno pescado, para comer con su mujer Cuando estaban cocinando a la Luna, el Sol llegó y fue invitado por Charia para comer el pez. Él agradeció diciendo que aceptaría sólo de algo de caldo de maíz y pidió que no tiraran los huesos del pez pues le gustaría de llevarlos consigo. Después, recogiendo los huesos, el Sol los llevó lejos y, utilizando su propia divinidad, resucito a su hermano. Así, un eclipse lunar representa la Luna siendo devorada por Charia, siendo que el color rojizo es la propia sangre de la Luna que la oculta. La Luna sólo resurge en toda su plenitud, como Luna Llena, porque su hermano más viejo, el Sol, la resucita y salva. Eclipse Solar Cuando quería comer un pez, el Sol llevaba su hijo a lavar los pies en el río. De esa manera, los peces quedaban atolondrados y fáciles de agarrar. Cierto día, mientras el Sol y su hijo pescaban, Charia apareció y pidió prestado al niño, diciendo que él también quería tomar algunos peces. El Sol, sin desconfiar, prestó a su hijo. Sin embargo, Charia lo llevó para la floresta y le golpeó el cuerpo, debido a los golpes, Charia mató al hijo del Sol que quedó furioso, atacando al espíritu maléfico. Los dos hubieron luchado, derrumbando uno al otro. Cuando Charia pensaba que había vencido la batalla, el Sol se levantó nuevamente.