jueves, 21 de mayo de 2015

Leyenda LA MARIPOSA PANAMBI


Leyenda LA MARIPOSA PANAMBI Entre las tibus guaraníes, la del cacique Taguató tenía las doncellas más bonitas, y venían muchos guerreros de otras , con regalos para incorporarse a la tribu y poder casarse con una de ellas. La más bella de todas, Panambi, coqueteaba con todos, los encantaba y después los desdeñaba. Un día aparecieron los invasores blancos, y, después de una sangrienta batalla Tacuabó y los suyos volvieron vencedores, trayendo prisioneros, entre los cuales había un joven de cabellos dorados y ojos celestes del cual Panambi se enamoró a primera vista. Los brujos fueron aconsejados por Añá a incinerar a los invasores, pero, a la mañana siguiente, cuando los fueron a quemar, descubrieron que el joven de cabellos de oro había desaparecido. Panambi, con sus encantos había seducido a los guerreros que lo custodiaban y lo había liberado. Pero el extranjero la abandonó enseguida, y ella lloró durante días hasta morir al pie de un isipó. Poco tiempo después los guerreros de Taguató encontraron su cuerpo y vieron que sobre él revoloteaba un insecto bellísimo, con grandes alas luminosas de variados colores. Era la mariposa que acababa de nacer, y que iba coqueteando, de flor en flor, alegre y juguetona como un día fuera la cuñataí.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Leyenda del Irupé


A orillas del Paraná vivía el cacique Rubichá Tacú (Jefe Algarrobo), que gobernaba una tribu de hombres aguerridos y hermosas mujeres. Rubichá Tacú tenía una hija, Morotí (Blanca), joven y bella pero orgullosa y coqueta, novia de Pitá (Rojo), el guerrero más valiente de la tribu. Morotí y Pitá se querían mucho; pero el genio del mal, envidioso de la felicidad de los jóvenes, inspiró una mala idea a la india. Un día, al caer la tarde, paseando por la orilla del río con otras doncellas, Morotí vio a Pitá que, en compañía de varios guerreros, se ejercitaba con el arco y las flechas. Para demostrar a sus amigas cuánto la amaba Pitá y cómo satisfacía todos sus caprichos, les dijo con orgullo: — Ahora verán cómo Pitá cumple cualquier deseo mío. ¿Ven este brazalete? Lo arrojaré al río y mi novio irá a buscarlo. Una de sus amigas la interrumpió: — No hagas eso, Morotí. Es muy peligroso y Pitá podría ahogarse. A lo qué respondió Morotí: — ¡No seas tonta! Pitá es el mejor nadador y el más valiente de la tribu. ¡Irá a buscar mi brazalete al fondo del río! Inmediatamente sacó la alhaja de su brazo y, llamando a Pitá, ordenó: — ¡Pitá! ¡He arrojado mi brazalete al Paraná, y lo quiero! ¡Ve a buscarlo! Pitá, que quería mucho a su novia y la complacía siempre, se arrojó al agua seguro de volver, satisfaciendo así una vez más a su hermosa Morotí... Pero sucedió que los que quedaron en la orilla esperando ansiosos la vuelta de Pitá, empezaron a impacientarse, pues éste no volvía... ¿Qué podría haberle sucedido? ¿Habría quedado enredado entre las raíces de alguna planta? ¿Estaría herido?... Así pensaban, cuando Morotí, desesperada y llorosa, dijo: — iYo soy la culpable de lo que sucede! ¡Pitá debía haber salido ya! ¡Algo le ha pasado! ¡Yo no quiero que muera! ¡Que llamen al Adivino de nuestra tribu y diga qué debemos hacer para salvarlo! Varios guerreros salieron inmediatamente a buscar Pegcoé (Profundo), el Hechicero, y al rato volvieron con él. Todos hicieron silencio, mientras Pegcoé, mirando las profundas aguas del río, dijo con voz misteriosa: — ¡Ya lo veo...! ¡Es él..., Pitá! Está con I-Cuñá-Payé (hechicera de las aguas) en su hermoso palacio de oro y piedras preciosas!... ¡La Dueña de las Aguas quiere que se quede, y para ello le ofrece todas sus riquezas...! Pitá parece aceptar... . ¡Y tú, Morotí, por tu orgullo y tu coquetería eres la única culpable de la pérdida de nuestro mejor guerrero! — ¡No! ¡No! ¡Yo quiero salvarlo! — gritó Morotí, desesperada —. Dime qué debo hacer y te obedeceré ciegamente. Y habló Pegcoé: — ¡Tú eres quien puede salvarlo, tú y sólo tú! — Espero tu mandato. ¡Habla, Pegcoé! — Debes arrojarte al Paraná y traerlo tú misma a la superficie. ¡Tú debes arrancarlo del poder de la Dueña de las Aguas! — ¡Te obedezco, Pegcoé, y me arrojo al río! ¡Yo volveré con Pitá! ¡Mi amor vale más que todas las riquezas de I-Cuñá-Payé! Diciendo así, se arrojó a las aguas, que se abrieron para dejar pasar a la coqueta y orgullosa joven que, arrepentida, iba a salvar a su novio del poder de la Hechicera de las Aguas. Toda la noche debieron esperar el regreso de los jóvenes. Se encendieron fuegos y se danzó a su alrededor para invocar a Tupá (Dios) y ahuyentar los malos espíritus. Los ancianos hacían conjuros vencedores del mal. Los guerreros y las doncellas bailaban danzas sagradas... Ya amanecía cuando fue nuevamente consultado el Hechicero, que seguía Mirando las aguas, y Pegcoé dijo: — ¡Ya se han encontrado! ¡Morotí ha salvado a Pitá! ¡Ya vuelven abrazados a la superficie! ¡Ya vuelven! En ese mismo instante, atónitos y maravillados, vieron aparecer en la superficie Del agua una hermosa flor de pétalos rojos y blancos. ¡Eran Morotí y Pitá que, así transformados, ofrecían al mundo su belleza y su perfume como símbolos de amor y arrepentimiento..

martes, 19 de mayo de 2015

El Pájaro Chogüí (leyenda guaraní)


Una joven india guaraní tenía un hijo, el cual no tenía con quién jugar, su única diversión era mirar como volaban los pájaros tan libres y tan dueños del cielo. Al indiecito le gustaba mucho encaramarse, subirse a los naranjos a comer las ricas naranjas. Su madre cada vez que salía a trabajar le encargaba que no saliera de la casa, ya que podía venir un animal salvaje y hacerle daño. Siempre prometía hacer caso, pero la mayor parte de las veces llegaba la mamá y no encontraba a su hijo, que atraído por el bosque andaba deambulando por él. Un día lo castigó fuertemente con una rama y le hizo prometer no ir más al bosque. Durante mucho tiempo cuando la madre volvía él ya estaba en casa. Pero un día estaba en lo alto de un naranjo mirando el camino para ver venir a su madre para bajar corriendo, pero no la vio llegar. Cuando la madre llegó a su rancho y no lo encontró, lo llamó fuerte y el niño la escuchó, queriendo bajar tan rápido, sus pequeños pies se resbalaron y cayó al suelo. La madre no escuchó cuando el niño cayó y en el mismo momento que cerró sus ojos para siempre, su cuerpo sufrió una transformación tal, que se convirtió en un pájaro chogüi, como aquellos a los que había admirado tanto. Sobre la cabeza de la india que esperaba a su hijo, pasó volando y cantando y se fue con toda la bandada de chogüies. Según cuenta la leyenda el indiecito convertido en chogüi, viene todos los días a su casa, acompaña a su madre al trabajo y va a los naranjales a picotear las naranjas que son su fruta preferida.

domingo, 17 de mayo de 2015

La leyenda de Karaí Octubre


Dicen que es parecido al Pombero, es como un viejito petizo, fortachón y con la panza cubierta de pelos. Tiene también mucha barba y un sombrero enorme. Se lo conoce como el Señor de la Miseria… ¿saben por qué? Porque sale todos los 1º de octubre a recorrer las casas y ver quienes tiene suficiente comida. Es un duende inspector que va mirando si la gente sembró y trabajó durante el año y supo guardar para los meses en que no hay cosecha. Ese día al pasar por las casas debe ver que hay suficiente comida y convidar a los vecinos. A quienes no cuidaron los castiga con miseria hasta fin de año y a los que tienen para convidar los premia con abundancias. La mitología del área guaranítica argentina ha dejado muestras de varios personajes diabólicos con el apelativo de Karaí, pero hay uno que escapó a esa regla social, se lo conoce como el “karaí Octubre” o “señor de la miseria”, su misión en este mundo es tomar el aspecto de un viejito encorvado luciendo un gran sobrero de paja, anda generalmente descalzo pero lo identifica una enorme “guacha” que lleva en sus manos para castigar a aquellos hombres que no cumplieron con un deber social de estas regiones, el de guardar comidas conservadas para pasar la época de la miseria que empieza el 1º de octubre y termina el 24 de diciembre. En realidad es un duende inspector, porque el primero de octubre desde la madrugada recorre los caminos de los poblados mirando casa por casa si en sus sementeras guardaron comida suficiente para la difícil época. Las familias ese día realizan grandes comilonas al aire libre, generalmente frente a sus casas, para de esa manera demostrar al Karaí octubre que ostentan suficientes alimentos en el mes de la miseria. Si no es así el duende persigue a los responsables del grupo familiar para castigarlos con su guacha y enloquecerlo con fuerte silbidos. En ocasiones como castigo elige hacerse invisible e introducirse en la casa de aquel que no cumplió con su orden y durante un tiempo causa un sin fin de molestias a la familia. Para poder desprenderse del molesto duende, se dio la costumbre de “soplar el rancho”, esto consiste en soplar con distintos elementos tres esquinas del rancho, dejando una libre para que por allí se escape asustada la miseria.

MANGA - Juego Tradicional Guaraní


MANGA - Juego Tradicional Guaraní Los mbya guaraníes y en aldeas monte adentro aún practican el juego tradicional MANGA que consiste en arrojar un balón construido con hojas de maíz que debe ser atrapado por otro compañero. Estas "pelotas de hoja de maíz" están hechas por los niños de las comunidades aborígenes Mbya-Guaraní.

martes, 12 de mayo de 2015

Panambí y Pira Yara


Panambí y Pira Yara Hace muchísimos años, en las tierras de los aborígenes guaraníes, por donde pasaba el río Iguazú, el del Agua Grande, como lo llamaban los primitivos habitantes de la región, vivía, con su madre, una joven bella como ninguna, de grandes y expresivos ojos negros y lacio y brillante cabello, se llamaba “Panambí” (mariposa). Su voz armoniosa se escuchaba en dulces melodías, cuando viajaba en su canoa, llevando su cesto tejido de fibras de yuchán (palo borracho), en busca de frutos silvestres, miel de camoatí (avispa melera) o de lechugiana (avispa silvestre). Su madre la oía desde lejos y distinguía su voz clara y pura destacándose del ruido que hacía el agua al caer desde arriba y de los cantos de los pájaros. Panambí llegó, con su cesto lleno de provisiones, hasta la orilla donde se encontraba amarrada la canoa. Volvía a su cabaña. Desató la cuerda que sujetaba la canoa, tomó su pala y poco después subió y puso rumbo a su hogar. El río era ancho y la corriente muy suave. A mitad de camino se cruzó con otra canoa. La conducía un indio joven, desconocido para ella, que la miró con curiosidad primero, con interés, después. El indio era apuesto, de piel cobriza y brillante, de cuerpo recio y brazos fuertes. Remaba la canoa con movimientos firmes y precisos. Al pasar cerca de ella, clavó sus ojos penetrantes en Panambí y sintió una gran admiración por ella. Ella se quedó hipnotizada, incapaz de separar su vista en el desconocido que la había deslumbrado. Siguió mirándolo de la misma manera hasta que despareció en la lejanía. Se quedó inmóvil, en medio del río. Cuando volvió a la realidad, la luna había salido y se reflejaba en el río. De repente se acordó de su madre que debía de esperarla ansiosa, dio al remo un fuerte impulso y la canoa surcó las aguas con rapidez. Al llegar a su cabaña, la madre la esperaba nerviosa y le dijo: -¿Qué te ha pasado Panambí? ¿Cómo has tardado tanto? -No sé… madre…-respondió la joven con mirada ausente. La madre estaba sorprendida por la expresión desconocida, la mirada lejana. Preocupada le volvió a preguntar: -¿Qué te ha pasado, Panambí? ¿No habrás encontrado, por casualidad, a Pyra-yara? La muchacha la miró aturdida y no respondió. Ella misma no sabía lo que le pasaba, pero lo que sí sabía era que no estaba como siempre. El recuerdo del indio que vio en el río, no se le fue de la cabeza desde entonces. Lo único que deseaba era que llegara la tarde para subir a su canoa y marchar a las islas, con la esperanza de volver a verlo. Cada tarde y cada crepúsculo, el encuentro se repitió durante mucho tiempo. Una noche, la calma reinaba en la selva, cuando se oyó un ruido de remos que venía del río. Estos al contacto, se agitaban y se encrespaban, levantándose en olas que golpeaban con furia en la playa. Panambí se asustó y se despertó como si alguien se lo ordenase. Corrió a la orilla atraída por la llamada del desconocido que en ese momento pasaba con su canoa frente a la chica. Al introducir los pies en el río, éste se calmó y las aguas mansas y tranquilas la invitaron a llegar hasta la canoa que la esperaba. Panambi, obedeció a la fuerza poderosa que la dominaba y entró en el agua, con la mirada fija en un punto lejano. Las aguas, cuando se metió, sólo taparon sus pies, pero a medida que se internaba en ellas, iban cubriendo todo su cuerpo, hasta que sin darse cuenta, viendo al indio que la esperaba, Panambí se hundió en las aguas que la envolvieron. Poco después, el cuerpo sin vida de la muchacha, llevado por las aguas, aparecía junto a Pyra-yara, que no era otro que el indio de la canoa. Navegaron durante algunos minutos, hasta que un ruido anunció la proximidad de una enorme catarata, la del Iguazú. Al llegar, la canoa dirigida por Pyra-yara, cayó al abismo de la catarata. El cuerpo de Panambí, salió despedido de la canoa por el impulso de la caída, quedó atrapado entre las piedras del gran macizo por done se volcaban las aguas de la catarata, convirtiéndose en piedra y conservando sus formas humanas. Desde entonces, un chorro de agua muy blanca se desliza por su cabeza y cubre su cuerpo de piedra aparentando un velo de novia que se deshace en gotitas de cristal antes de volver a formar parte del caudal del río. Panambí, olvidó que Pyra-yara, “Dueño del rió y de los peces”, es incapaz, por ser de naturaleza divina, de amar a ninguna mujer sobre la tierra.

lunes, 11 de mayo de 2015

"lirio Misiones "Neomarica candida


Su origen es Paraguay y noroeste de la Argentina. Se adapta bien a climas templados a cálidos, no soporta fríos intensos ni heladas. Crece mejor a media sombra o sombra. Planta rizomatosa erguida, de 20 a 50cm de altura, hojas en forma de espada de 20 a 40cm de largo, agudas, de color verde oscuro. Flores dispuestas en fascículos, con los tépalos exteriores planos y blancos, con centro veteado en marrón y los interiores azules unguiculados, con manchas marrones. Se multiplica por división de rizomas, división de matas o por medio de las pequeñas plantas que producen los tallos florales. Cuidados y usos del lirio de misiones Ideal para bordes de estanques y para cubrir superficies en lugares sombríos. A media sobra es donde mejor florece. Sus flores son muy llamativas y, si bien cada una dura unas pocas horas abiertas, aparecen durante un largo período. Es una planta bastante rústica, aunque suele ser atacada por babosas y caracoles que desmerecen su aspecto. Clima de la planta lirio de misiones Templado a cálido, no soporta fríos intensos ni heladas. Crece mejor a media sombra o sombra. Marisa.

La Leyenda del Ñandutí (L. Guaraní)


La Leyenda del Ñandutí (L. Guaraní) Cuenta la leyenda que existía una mujer morena, muy bella y amable llamada Samimbí. Dos hombres, bravos guerreros guaraníes, luchaban por su amor. Uno de los jóvenes se llamaba Yasyñemoñare (hijo de la luna) y el otro Ñanduguazú (araña grande). Una noche en que Yasyñemoñare suplicaba a Tupã (Dios) que lo ayude a conquistar el amor de Samimbí, vio en lo alto de un enorme árbol una especie de encaje de color plateado, era perfecto y la luz de la luna lo hacía aún más bello. Esto deslumbró a Yasyñemoñare y entonces trepó al árbol para bajarlo y regalárselo a su amada. En ese momento también pasó por allí Ñanduguazú, que al ver aquel tejido tan hermoso, se puso furioso por los celos al saber que su enemigo lo conseguiría antes que él. Sin pensarlo dos veces, le disparó una flecha. Yasymoñare cayó muriendo en el acto. Entonces, rápidamente Ñanduguazú trepó al árbol, pero cuando quiso tomarlo, sólo quedó en sus dedos el tejido que se desgarró al instante, comprobando que se trataba de una tela de araña. El remordimiento persiguió por varios meses a Ñanduguazú, hasta que un día su madre logró sacarle el terrible secreto. La mujer pidió entonces a su hijo que la llevase hasta aquel árbol. Así lo hizo Ñanduguazú, y cuando ambos llegaron hasta el lugar, vieron con sorpresa que en ese mismo sitio se encontraba un tejido idéntico al anterior. La mujer, queriendo consolar a su hijo, que desde la muerte de Yasyñemoñare vagaba sin rumbo por la selva, decidió regalarle un tejido igual al de aquel árbol. Para esto, la anciana se puso a estudiar con mucha atención la ida y venida de las arañas mientras hilaban con tal perfección hasta lograr aquel encaje. Entonces tomó sus agujas de tejer y empezó a copiar los círculos y rectas que las arañas dibujaban, y utilizando como hilo las hebras blancas de sus cabellos, logró reproducir aquel singular tejido.

viernes, 8 de mayo de 2015

LEYENDA DEL CHAJA


LEYENDA DEL CHAJA El chajá es un ave que tiene un porte desdeñoso. Su corpulencia, y su altísima y formidable voz lo presentan como un poderoso guerrero, vive en familia, pero a veces en bandadas. En la leyenda no es el chajá un ser afortunado. Pese a sus virtudes, a su cualidad vigilante, tan útil para los campesinos, es condenado por la poesía popular. La fofa carne del Chajá no es comestible y el aborigen guaraní, rencoroso, le creó una ingrata leyenda que los evangelizadores blancos adoptaron. Yasí (la Luna para los guaraníes), al bajar a la Tierra, suele tomar forma de mujer. Lo hace para alternar con los seres humanos y saber así cuáles son malos, cuáles buenos y pedir a Tupá el castigo de unos y el premio de otros. En una calurosa tarde, Yasí, acompañada de un gracioso chico, iba por una selva. La sed los torturaba (porque cuando la Luna y otros seres divinos adquieren forma de humanos, sienten sus mismas necesidades). El niño, sobre todo, padecía horriblemente. Viendo Yasí a dos jóvenes lavando en el remanso de un arroyo, les pidió agua. Ellas se la negaron. Entonces, se alejó la Luna seguida por el niño lloroso. Las muchachas la llamaron y vio que en una calabaza le ofrecían agua. Se aproximó, pero no pudo beber. Las perversas, burlándola, le ofrecían agua jabonosa. Y así, muda, levantó los ojos al cielo. Pedía el castigo de las dos muchachas. Y apareció un ayurú (el mensajero celestial de las leyendas guaraníes)... El papagayo habló a la Luna: ¡Allí hay un manantial! y señaló una fuente que acababa de brotar entre los árboles. Bebió el niño y el ayurú, hablando ahora a las estupefactas burlonas, les dijo: Y para vosotras, malvadas, he aquí el castigo de Tupá. Quedaron inmediatamente transformadas en aves. Una intentó hablar. Solo dijo: yajá (vamos, en guaraní), y se alejaron chillando. Por eso el Chajá vive en parejas y su carne es fofa, con gusto semejante al de la espuma de jabón. Esta leyenda, modificada seguramente por los misioneros jesuitas, se narra como si hubiese acaecido con la Virgen y el niño Jesús como protagonistas. También sufrió otra modificación al pasar por el tamiz de los cristianos: quienes llegaron a pedir agua a dos lavanderas fueron Jesús y San Pedro. Otra Leyenda nos narra que el Chajá habita en zonas de lagunas y ríos, y si bien es un ave con habilidad para volar muy alto como las demás rapaces, vive como animal domesticado. Es un ave monógama y lo único que lo separa de su pareja es la muerte, por ello se las ha llamado aves del amor, aves inseparables. Esta leyenda tiene influencia religiosa, y nos cuenta que dos jovencitas estaban lavando la ropa en un río cuando llegaron Jesús y San Pedro, quienes habiéndoles pedido agua para beber, las muchachas le alcanzaron agua con jabón y por eso fueron maldecidas, y al querer irse, en lugar de decir yajá (vamos, en guaraní), dijeron Chajá y salieron volando convertidas en pájaro. Desde entonces sus carnes no sirven para comerse pues es pura espuma, y como se dice comúnmente: pura espuma como el Chajá. En el Chaco hay una versión parecida: Dos mujeres lavaban su ropa cuando se acercó una anciana para pedir agua, éstas le acercaron agua sucia y con jabón y se dijeron la una a la otra: yajá. La viejita, que era la Virgen María, al darse cuenta de la maldad de ellas, las convirtió en aves para gritar eternamente: chajá, chajá. Se dice que si se duerme con una pluma de Chajá debajo del colchón, se tendrá un oído fino y alerta.