jueves, 18 de febrero de 2016

LEYENDA DEL CHURRINCHE


LEYENDA DEL CHURRINCHE Una vez, hace mucho, mucho tiempo, un grupo de indios acosados por sus perseguidores en una terrible batalla sin fin, se arrojó decididamente al agua. En el lugar de la batalla quedó herido un cacique, y, antes de entregarse, se clavó una flecha en el pecho; inmediatamente salió de él el corazón, que siguió latiendo... latiendo..., adquirió alas y se lanzó a volar, convertido en un ave pequeñita y de plumaje rojo El churrinche (Pyrocephalus rubinus) tiene el tamaño de un gorrión: 13 cm. Es visible sobre todo en primavera, cuando los machos se exhiben en busca de pareja, generalmente se los puede ver en la punta de los árboles más altos, donde se destacan por su color rojo brillante: tienen la parte ventral y el semicopete de ese color, mientras que las alas y cola son negruzcas. Las hembras y las crías son poco llamativas, de color gris oscuro en el dorso y claro en el pecho.

martes, 16 de febrero de 2016

Leyenda de la garza mora


En un lugar de Brasil que nadie recuerda con precisión, tampoco cuando pasaron estos hechos sorprendentes; la única certeza, es que era bajo el dominio portugués. Un aristócrata, de refinados gustos y algunos caprichos casi obsesivos, gustaba vestir combinando solo tres colores; blanco, gris y negro, de tal forma eran esas mixturas y tonalidades, que un azul único, parecía predominar en su vestimenta, siempre acompañada de unas brillantes botas negras. Su elegante presencia, no pasaba desapercibida, en especial, ante las fantasiosas miradas de las recatadas damas. Casado con la hija de un productor terrateniente; tenían un hijo, heredero indiscutible de la genética de sus progenitores. En ese acomodado hogar de la clase alta colonial, el amor de la pareja, no era precisamente lo que llenaba los amplios espacios de la suntuosa residencia. El aristócrata, obtenía sus principales ingresos de unas plantaciones que no eran precisamente su pasión, más bien, la que proveía los recursos para sus verdaderos placeres. Era un hombre culto, ansioso por conocer las ideas más avanzas de su época, amante de la buena lectura y convencidamente humanista, aunque esto último, no era algo que en esos tiempos de oscuridad moral, se pudiera compartir públicamente. Contrariamente, su esposa, hija de un aventurero portugués transformado en latifundista y esclavista, era muy bella, de escasa formación y en el otro extremo de las sensibles inquietudes de su esposo. El matrimonio, como tantos otros de esos tiempos brumosos, fue producto de mezquinos intereses económicos alejados de toda efusión amorosa. En una ocasión, el hombre, va a una subasta de esclavos; algo poco habitual en él. Una vez en el lugar de la decadencia humana, no entendía qué lo había llevado a ese antro deshumanizado. Observa, entre los esclavos, a una hermosa mujer de color, con un rostro perfecto y a la vez llamativamente triste. Un cuerpo prodigioso como esculpido en puro y humanizado azabache, aunque lo que más llamó su atención, fue su cándido rostro. En el momento que llegó el turno de subastar a la joven; el negrero comerciante, muestra toda sus generosidades físicas, lo cual era innecesario, estaban a la vista. Como agregado, comenta las excelentes dotes de cocinera que poseía su mercancía. Los rústicos compradores estaban ávidos por llevarse a la joya morena. La joven, mostraba un gesto inconfundible de preocupación por quién sería su futuro amo; en un instante, esclava y aristócrata cruzan sus miradas, unas lágrimas imperceptibles se dejan ver en sus mejillas. La bella africana, era hija de un importante jefe tribal de Angola: era una princesa. Su padre fue muerto en la cruel casería, junto a otros valientes guerreros; ella y muchos otros, fueron capturados por los desalmados civilizados. Luego de una larga y penosa travesía ultramarina, donde vio morir a muchos de sus hermanos, llegó a Brasil. A Salvador de Bahía, donde fue comprada por un matrimonio propietario de un ingenio azucarero. Por varios años, su labor fue extenuante en la cocina de la mansión, preparando las comidas para los diez miembros de la familia. La esposa del empresario decidió venderla por temor a que su maduro esposo se enamorara de la Venus azabache. Los hombres comenzaron a pujar alocadamente para quedarse con la joven, mientras el aristócrata solo atinaba a mirar fijamente su rostro… sus ojos tan expresivos. Cuando todo hacía parecer que un veterano militar lusitano se quedaría con el preciado género, el aristócrata duplica la oferta, todos se dan vuelta para mirarlo; el militar no podía ocultar su cara de frustración y enojo, pero no estaba a su alcance la suma ofrecida por el caballero de noble talante. El distinguido caballero, después de pagar la abultada suma, va a retirar el producto de su compra. Hace vestir a la joven y la invita a seguirlo a su residencia, sin disimular su satisfacción por haber evitado un difícil futuro para la infortunada mujer; ella tampoco ocultaba su agradecimiento a este hombre que parecía ser muy diferente a todos los que había conocido. Camino a la mansión, pasa por su modisto; hace tomar las medidas de la joven, Carmen, era ahora su nombre americano, pidiéndole al señor de las tijeras que en dos días tenga preparada la nueva ropa de la princesa, vuelta esclava. La esposa, al ver ingresar a la nueva integrante de la mansión; presiente por su perfeccionada intuición, que habrá cambios en sus vidas. No estaba equivocada. Alfredo, cuidó de la joven como a una princesa. A pesar del exquisito trato recibido, Carmen, nunca pudo olvidar al amor de su vida, lágrimas de diamante caían por sus mejillas todas las noches, hasta que en una de esas interminables ausencias del sol, sus ojos se cerraron para siempre, buscando la paz que le habían despojado. Dicen que a la garza mora, siempre se la suele ver a las orillas de alguna laguna, con su vista perdida al infinito, esperando, infructuosamente, volver a ver a su amada.

lunes, 15 de febrero de 2016

Leyenda de la jacana


Cuentan que en un pueblo perdido en las hojas gastadas del tiempo, en lo que ahora podría ser el litoral argentino, cierto día llegó una hermosa joven. Su cautivante figura y sensualidad, perturbó a los hombres del poblado. Las gentes de este pueblo, eran, más bien conservadoras y respetuosos de sus costumbres. Trabajadores, honrados hijos, novios, maridos y padres, al igual que las pudorosas mujeres. La confraternidad que se respiraba en cada quehacer pueblerino, era un patrimonio común que todos lo consideraban dado; nada podía perturbarlo. La llegada de la nueva habitante, mostraría que no todo estaba dado, nada era inalterable, nada era para siempre. La esplendorosa figura de la joven, enamoraba a todo aquel hombre que la veía; no importaba su edad, si era soltero o casado, todos quedaban subyugados por sus virtudes femeninas. Hasta el cura, en una ocasión que estaba tocando las doce campanadas del mediodía, terminó haciendo sonar las siete de la tarde, de no ser por el reproche de una ofuscada vecina, cuentan, que todavía estaría haciendo retumbar el badajo. Como era de esperar, las mujeres del poblado, comenzaron a mirar malamente a la nueva vecina. La tranquilidad del pueblo, daba muestras de un creciente deterioro. El curso de los acontecimientos se fue acelerando. La atractiva joven, accedía a las pretensiones de los enamorados hombres. Era tal el descontrol masculino, que las mujeres organizaron una reunión para encontrar una solución drástica. Así lo hicieron: en una tumultuosa asamblea, decidieron una estrategia para hacer desaparecer a la descocada competidora. La invitarían al río, supuestamente a nadar, ahí la ahogarían y problema solucionado. La única mujer que no había asistido a la reunión, era la hechicera del pueblo que se encontraba atendiendo una urgencia en el monte. Al volver a la medianoche a su casa, encuentra a la joven con su esposo. Jasy, la hechicera, no dijo nada, la joven salió corriendo de su rancho, casi sin ropas, mientras el marido, trataba de dar explicaciones… Al día siguiente, un grupo de mujeres, mostrando su mejor amabilidad, invitan a la joven al río a nadar y pasar un buen rato, esta accede entusiasmada, sin sospechar lo que le esperaba. Al llegar al río, la joven se sorprende al ver a todas las mujeres del pueblo juntas, la cortesía de sus acompañantes se había terminado y pasan a la recriminación por su vida licenciosa. Ante la reprobación de todas las mujeres a la conducta lujuriosa de la acusada; la joven atinó a justificarse, explicando que era su instinto el que la hacia actuar de esa forma; nunca pretendió deshonrar a ninguna de las mujeres del poblado. El descargo no perturbó los planes, así que las mujeres le ataron las manos y los pies, de la cintura hicieron colgar una piedra de gran peso, ante los gritos de súplica de la joven, sin ninguna piedad, la arrojaron al río. Los hombres del poblado, sabían lo que sus mujeres estaban haciendo; ninguno acudió al auxilio de la infortunada beldad. Cuentan que los hombres esperaban que los dioses la convirtieran en sirena y así poder seguir disfrutando de sus placeres. Cuando el infortunio había llegado a su final, las mujeres se retiraron alegres a ver a sus hombres. A la orilla del río aparece la hechicera. Jasy, a la distancia, había presenciado el horripilante suceso. Se puso de rodillas a la orilla del río, imploró a Arasy1 que se ocupara del alma de la desdichada. La diosa le pidió templanza a Jasy. De repente se ve salir del agua a seis hermosas aves, una más grande que el resto. Era la joven convertida en ave; el resto eran cinco machos de la misma especie. Arasy, le dice a la joven, que ahora podrá seguir su instinto y su vida estará restringida al agua y no mucho más, debiendo seguir las normas de la naturaleza. Así las jacanas, pueden tener hasta cinco congéneres masculinos y visitarlos en sus territorios, solo en la época de reproducción. El pueblo, después de la llegada y desaparición de la joven, no volvió a ser igual. Nadie se atreve asegurar si ese cambio fue para bien o para mal, o simplemente la corta aparición de la joven, hizo emerger lo oculto y reprimido.