martes, 10 de noviembre de 2015

LA LEYENDA DEL CARPINCHO


Cerca de los Esteros del Iberá (1) vivía un mariscador (2) llamado Martín López. Hombre rudo y fuerte, de piel curtida por los soles, las lluvias y los vientos. Su existencia se desarrollaba en ese medio agreste pero al que se adaptaba perfectamente. Su rancho -pobre tacurú (3) de adobe y paja- lo cobijaba a él y a su mujer contra las inclemencias del tiempo. Los hijos ya se habían ido en busca de mejor fortuna, cansados de esa pobreza y de ese lugar inhóspito, quedando los padres solos, porque ya se hallaban habituados a ese sitio y a esa vida. Don Martín -como era conocido entre los demás mariscadores y en el pequeño boliche del poblado más cercano- disfrutaba cada vez que salía a mariscar en su vieja canoa, empuñando -no los remos- sino una vieja tacuara que hundía en el fondo del estero y con la que impulsaba su embarcación. Había construido junto a su rancho un pequeño depósito -rústico y precario- para el acopio de los productos de su faena. Allí se podían encontrar desde cueros de yacaré y de víboras de diversos tipos, hasta plumas de garza Cada tanto, Don Martín, cargaba su canoa con sus cueros y sus plumas, y los llevaba a vender a los compradores que venían para ese fin desde los centros poblados. Cuando el mariscador sentía en sus bolsillos el rollo de billetes, experimentaba la sensación de ser un hombre rico. Corría entonces, hasta el boliche y hacía su "provista", llevándole a su patrona: harina, grasa, almidón, fideos, yerba, azúcar... Pero, antes se quedaba a saborear con los amigos, unas copitas de caña mientras se jugaba unos partidos de truco. Esa era la vida humilde pero apacible de Don Martín. Su mujer -una mezcla de tuyutí (4) y miel lechiguana (5)- era su fiel compañera desde hacia varios años y jamás se quejaba de la soledad y la carencia de tantas cosas que podría haber tenido viviendo en otro lugar. Pero, un día, en que Don Martín había ido a vender sus cueros, ganó más dinero que de costumbre y bebió más de la cuenta, para festejar el hecho, se le hizo pronto de noche. Sucedió, entonces, que se levantó un viento fuerte y, como la canoa venía demasiado cargada de provisiones, al chocar con un embalsado (6), dio una vuelta campana, golpeando al hombre en la cabeza. Su cuerpo se hundió rápidamente y quedó atrapado entre las raíces y tallos de las plantas del estero, pereciendo ahogado. Su mujer se afligió mucho cuando la noche cayó sin que su marido regresara y tomando una lámpara de aceite salió a buscarlo. Sus pies se hundían entre el barro y la maraña. El viento le azotaba la cara y hacia volar su larga cabellera, cuando al pasar bajo el sauce, una de sus flexibles ramas agitadas por el vendaval, la golpeó brutalmente, tirándola al suelo, desmayada. La lámpara salió despedida por los aires y fue a destrozarse contra el tronco de otro árbol. El fuego tomó el cuerpo enseguida entre la maleza seca y la paja que la circundaba y se extendió hasta el lugar donde se hallaba la indefensa mujer. Su figura pronto fue una tea yaciente. El viento siguió soplando su furia descomunal hasta más de medianoche. Cuando las luces de la aurora empezaron a colorear de rosa el cielo sobre el estero, del agua apareció un roedor nunca visto, de piel gruesa y resistente que yendo, directamente hacia el sitio que se había incendiado de la noche anterior, se encontró con su hembra y juntos se dirigieron hacia un sector montuoso del estero. Nunca, los demás mariscadores, se pudieron explicar la repentina y misteriosa desaparición de Don Martín y su mujer.