martes, 12 de mayo de 2015

Panambí y Pira Yara


Panambí y Pira Yara Hace muchísimos años, en las tierras de los aborígenes guaraníes, por donde pasaba el río Iguazú, el del Agua Grande, como lo llamaban los primitivos habitantes de la región, vivía, con su madre, una joven bella como ninguna, de grandes y expresivos ojos negros y lacio y brillante cabello, se llamaba “Panambí” (mariposa). Su voz armoniosa se escuchaba en dulces melodías, cuando viajaba en su canoa, llevando su cesto tejido de fibras de yuchán (palo borracho), en busca de frutos silvestres, miel de camoatí (avispa melera) o de lechugiana (avispa silvestre). Su madre la oía desde lejos y distinguía su voz clara y pura destacándose del ruido que hacía el agua al caer desde arriba y de los cantos de los pájaros. Panambí llegó, con su cesto lleno de provisiones, hasta la orilla donde se encontraba amarrada la canoa. Volvía a su cabaña. Desató la cuerda que sujetaba la canoa, tomó su pala y poco después subió y puso rumbo a su hogar. El río era ancho y la corriente muy suave. A mitad de camino se cruzó con otra canoa. La conducía un indio joven, desconocido para ella, que la miró con curiosidad primero, con interés, después. El indio era apuesto, de piel cobriza y brillante, de cuerpo recio y brazos fuertes. Remaba la canoa con movimientos firmes y precisos. Al pasar cerca de ella, clavó sus ojos penetrantes en Panambí y sintió una gran admiración por ella. Ella se quedó hipnotizada, incapaz de separar su vista en el desconocido que la había deslumbrado. Siguió mirándolo de la misma manera hasta que despareció en la lejanía. Se quedó inmóvil, en medio del río. Cuando volvió a la realidad, la luna había salido y se reflejaba en el río. De repente se acordó de su madre que debía de esperarla ansiosa, dio al remo un fuerte impulso y la canoa surcó las aguas con rapidez. Al llegar a su cabaña, la madre la esperaba nerviosa y le dijo: -¿Qué te ha pasado Panambí? ¿Cómo has tardado tanto? -No sé… madre…-respondió la joven con mirada ausente. La madre estaba sorprendida por la expresión desconocida, la mirada lejana. Preocupada le volvió a preguntar: -¿Qué te ha pasado, Panambí? ¿No habrás encontrado, por casualidad, a Pyra-yara? La muchacha la miró aturdida y no respondió. Ella misma no sabía lo que le pasaba, pero lo que sí sabía era que no estaba como siempre. El recuerdo del indio que vio en el río, no se le fue de la cabeza desde entonces. Lo único que deseaba era que llegara la tarde para subir a su canoa y marchar a las islas, con la esperanza de volver a verlo. Cada tarde y cada crepúsculo, el encuentro se repitió durante mucho tiempo. Una noche, la calma reinaba en la selva, cuando se oyó un ruido de remos que venía del río. Estos al contacto, se agitaban y se encrespaban, levantándose en olas que golpeaban con furia en la playa. Panambí se asustó y se despertó como si alguien se lo ordenase. Corrió a la orilla atraída por la llamada del desconocido que en ese momento pasaba con su canoa frente a la chica. Al introducir los pies en el río, éste se calmó y las aguas mansas y tranquilas la invitaron a llegar hasta la canoa que la esperaba. Panambi, obedeció a la fuerza poderosa que la dominaba y entró en el agua, con la mirada fija en un punto lejano. Las aguas, cuando se metió, sólo taparon sus pies, pero a medida que se internaba en ellas, iban cubriendo todo su cuerpo, hasta que sin darse cuenta, viendo al indio que la esperaba, Panambí se hundió en las aguas que la envolvieron. Poco después, el cuerpo sin vida de la muchacha, llevado por las aguas, aparecía junto a Pyra-yara, que no era otro que el indio de la canoa. Navegaron durante algunos minutos, hasta que un ruido anunció la proximidad de una enorme catarata, la del Iguazú. Al llegar, la canoa dirigida por Pyra-yara, cayó al abismo de la catarata. El cuerpo de Panambí, salió despedido de la canoa por el impulso de la caída, quedó atrapado entre las piedras del gran macizo por done se volcaban las aguas de la catarata, convirtiéndose en piedra y conservando sus formas humanas. Desde entonces, un chorro de agua muy blanca se desliza por su cabeza y cubre su cuerpo de piedra aparentando un velo de novia que se deshace en gotitas de cristal antes de volver a formar parte del caudal del río. Panambí, olvidó que Pyra-yara, “Dueño del rió y de los peces”, es incapaz, por ser de naturaleza divina, de amar a ninguna mujer sobre la tierra. Marisa